DETRÁS DE LA BARRA
Ya está aquí, esa semana en la que todos disfrutan y se divierten. En la que todos entran en sus casetas y piden una jarra de rebujito, la botella de manzanilla, unos calamares fritos… Pero la gente no se da cuenta de lo que hay detrás de la barra. Sí, ese soy yo, el típico cocinero, que acalorado por los vapores humeantes, trabaja a destajo y prepara esos calamares o esas tortillitas de patata. Aunque la gente no le da importancia, la verdad es que sin mí y mis compañeros no sería posible la feria, pues a nadie le gusta pasar hambre en ella.
Para mi la feria es diferente. Es levantarse cuando el sol aún no resplandece en el cielo, ponerse mi habitual uniforme blanco con ese gorro ridículo y de cartón y empezar a preparar platos típicos sevillanos. Al llegar a casa muy de madrugada, tras esperar al último borracho o juerguista que se acercaba por allí, me acuesto en mi cama calentita y reposo mi cabeza sobre la almohada mullida, pensando en que una vez más me despertaré con el revolotear de los murciélagos y la luz de la luna, y no podré disfrutar de la feria como los demás.
Así que este soy yo. Un pobre cocinero que trabaja a destajo, mientras otras personas se divierten y disfrutan. Supongo que tantos años a la espalda, como cocinero, te acaban acostumbrando a esto y es lo que hace que vuelva cada año a hacer de la feria, un lugar donde disfrutar y, por supuesto, comer bien.
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